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Evangelio y Reflexión. Domingo XII del tiempo ordinario


No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.

 

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.

A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

Reflexión

Esperando que la tercera fase dé sus últimos coletazos y deseosos de conocer esa etapa que han denominado “nueva normalidad”, nos disponemos a reflexionar sobre el Evangelio de este domingo para que nos ayude y dé luz a nuestra realidad concreta.

Lo cierto es que el Evangelio de este domingo nos viene como anillo al dedo. El discurso de Jesús va dirigido a los cristianos comprometidos de todos los tiempos. Es decir, a todos. Incluidos dentro de ese todo tú y yo que, a veces, tenemos miedo a dar testimonio de nuestra fe. En este sentido, Jesús es claro “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Con otras palabras, para que nos entendamos, “podrán cortar las flores, pero no podrán detener la primavera”.

Toda esta “nueva normalidad” vendrá acompañada también de “nuevas normas” que orienten nuestra conducta en esta nueva etapa que comenzamos para evitar nuevos rebrotes de pandemia e ir acabando con el virus poco a poco. Normas, normas, y más normas, …  Todo esto me parece perfecto, aunque nos cueste trabajo ponerlo en práctica dado el cansancio y la fatiga que todo este tiempo ha ido mermando nuestro ser. Vuelvo a repetir, todo esto está muy bien. Pues, todo ser humano está llamado a colaborar con todas sus fuerzas a trabajar por el bien común, especialmente por el de los más desfavorecidos y con menos medios a su alcance.

Ahora bien, esto no significa silenciar nuestra fe como instancia crítica de la realidad. Más claro, es una exigencia de justicia dar testimonio de lo que creemos, vivimos y celebramos ya que estamos dentro de un estado de derecho que nos ampara a todos, o más bien, debe amparar a todos respetando los derechos y libertades de las personas. Quiero decir que no debemos tener miedo a denunciar las situaciones decretadas por el gobierno en las que se nos priva de dar testimonio público de nuestra fe. A los bares se les permite un aforo determinado respetando las normas establecidas para la situación, que a mí me parece estupendo… ¿Por qué no se nos permite a nosotros el culto público respetando las mismas normas?

Puede ser que tengamos miedo a denunciar. Lo comprendo. Pero ¿por qué tenemos miedo? A bote pronto se me ocurren tres razones: porque somos débiles y conocemos nuestras carencias e ignorancias; por el mal que nos rodea: la oposición y persecución ha sido una constante en la historia el cristianismo; y, por último, porque tememos al qué dirán. Este es un miedo difuso. El primero tiene una razón en nuestras limitaciones, el segundo en el ataque de que somos objeto, pero el último, no tiene más fundamento del que nos podamos imaginar.

Entonces, ¿dónde debe sacar el cristiano el valor? Releamos de nuevo el Evangelio. En él podemos encontrar tres razones. A saber: de la fuerza y de la verdad cuando es proclamado con la sinceridad del que lo cree; de la fuerza interior del que evangeliza. La fuerza interior es la personalidad del que evangeliza; por último, porque contamos con Dios en esa misión: “El Señor está conmigo como fuerte soldado…”

Queridos amigos no perdamos la esperanza. Miremos a nuestra Madre, la Virgen del Rocío, ella fue fiel en todos los momentos aunque fueran duros y difíciles. Ella nos ayudará en nuestra labor de anunciar la verdad.

 

Francisco Jesús Martín Sirgo

Director Espiritual de la Hermandad Matriz, Párroco de la de Ntra. Sra. de la Asunción, de Almonte y Rector del Santuario de Ntra. Sra. del Rocío.

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