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Evangelio y Reflexión. Domingo XXVIII del tiempo ordinario


A todos los que encontréis, llamadlos a la boda

Lectura del santo Evangelio según san Mt 22, 1-10 (forma breve)

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales».

Palabra del Señor.

 

Reflexión

Estimados amigos y hermanos,

La pandemia sigue su curso y las consecuencias económicas cada vez son más evidentes: mas pobreza, aumenta el número de los sin techo, los comedores sociales no dan abasto, las facturas de luz y agua se acumulan por la falta de trabajo, Cáritas anuncia que todavía no ha llegado lo peor y se prepara para ello, hay quienes no han cobrado todavía lo prometido, muchos negocios están cerrando… y nosotros, los cristianos, qué?

La situación nos invita a hacer una lectura creyente de la realidad que nos lleve al compromiso, a vivir la fe con palabras y obras, a tomarnos en serio la Palabra de Dios y manifestar lo que somos, queremos, vivimos y celebramos, siempre desde el respeto a otros credos, a colaborar en la implantación del Reino: esa es la invitación del evangelio de este domingo.

La parábola de este día acentúa las mismas notas que habíamos visto en los domingos anteriores: la de los hijos enviados por el padre a trabajar en la viña (uno dijo si y no fue y el otro dijo no, pero fue) y los viñadores homicidas (matamos al heredero).

Hoy el Reino es comparado con un banquete extraordinario, «el Señor del universo preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados», como dice el profeta Isaías en la primera lectura. A este banquete son invitados buenos y malos. Es decir, se habla de una invitación universal. La única condición es la necesidad de venir preparados para la ocasión.

Vamos a analizar el texto para entenderlo mejor y actualizarlo. Lo primero, a tener en cuenta, es que la iniciativa es divina. Es Dios mismo quien nos invita a participar en la fiesta. Ante tal invitación nadie debe sentirse excluido, ya que se trata de una invitación para todos sin distinción. Ya esta actitud de Dios para con nosotros es digna de agradecer. ¿Doy gracias a Dios por todo lo que me da en cada momento? O, más bien, ¿Sólo soy agradecido con Dios en algunas ocasiones muy concretas?

En segundo lugar, nosotros tenemos la libertad para decidir si aceptamos la invitación o no. Él no nos echa, somos nosotros los que nos autoexcluimos del banquete alegando razones de diversa índole. De esta forma, si no acogemos la invitación, también tenemos que aceptar las consecuencias de nuestra negativa. Ahora bien, la falta de invitados determinados no es razón suficiente para suspender el banquete, sino para hacer la invitación más extensiva: “la sala se llenó de comensales”. ¿Has pensado cuántas veces soslayas la invitación de Dios por otros intereses particulares?

La conclusión de lo dicho hasta aquí es clara:  el Reino de Dios (banquete, el festín de la salvación) sobre la humanidad sigue su curso. Todos sabemos a qué hora sale el tren. Conocemos el origen y el destino. A nosotros, desde nuestra libertad, nos toca decidir si subimos, si queremos llegar hasta el final, o apearnos en las estaciones que abarca el recorrido antes de llegar al término. Dios quiere que todos nos salvemos, pero respeta nuestra libertad. Tu y yo tenemos la última palabra.

Santa María del Rocío, Madre de Dios y Madre nuestra, intercede ante tu Hijo, Pastor Divino de nuestras almas, para que nos conceda entrañas de misericordia ante toda miseria humana y poder socorrerla a tiempo.

 

Francisco Jesús Martín Sirgo

Director Espiritual de la Hermandad Matriz, Párroco de la de Ntra. Sra. de la Asunción, de Almonte y Rector del Santuario de Ntra. Sra. del Rocío.

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