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Homilía de S. E. Mons. Fisichella en el IV Domingo del Tiempo Ordinario


Hermanos y hermanas:

Hemos escuchado la Palabra de Dios y nos preguntamos qué enseñanza pueda ofrecernos para la vida de cada día. Estamos reunidos para venerar a la Virgen María del Rocío en este Santuario que desde hace siglos acoge a generaciones de hombres y mujeres, niños y jóvenes que, a través de la oración, confían a la Madre de Dios todo lo que hay en lo más profundo de sus corazones: el deseo de ser escuchados, las súplicas de intercesión, de comprensión; el alivio en la enfermedad y la esperanza en el dolor; las lágrimas de los que sufren y la sonrisa de los que acuden a dar gracias…. todo se coloca a los pies de esta Señora del Rocío, que escucha a todos y tiene para cada uno una palabra de consuelo. Permanezcamos bajo su mirada materna y entremos en la escuela de ese Niño que lleva en sus brazos y que quiere dárnoslo como guía segura para nuestra vida.

El relato que el evangelista Lucas nos ofrece de Jesús en la sinagoga de Nazaret tiene un profundo significado para nuestra vida. Nos encontramos al comienzo del ministerio de Jesús. Sabemos que mucha gente lo seguía durante su predicación y que venían de todos los rincones del país, hasta el punto de que corría el riesgo de ser aplastado, porque todos querían tocarlo (cfr. Mc 3,7-10). Me parece ver la misma situación cuando en algunas ocasiones acompaño al Papa Francisco. Todo el mundo quiere verlo de cerca, tocarlo, intercambiar una palabra con él…. ¡todos empujan para acercarse y quien está al lado corre el riesgo de ser efectivamente arrollado! Es hermoso ver esta manifestación de fe, afecto y esperanza que expresan tantas personas. Jesús, entonces, también llega a su pueblo, a Nazaret, donde todos lo conocían. Creció allí: de niño, de joven, hasta antes de dejar su casa para comenzar a predicar la bella noticia del Evangelio, Jesús había vivido toda su vida en Nazaret. Todos tenían curiosidad porque habían oído que en las ciudades y pueblos cercanos había hecho cosas extraordinarias. Ciertamente esperaban impacientes a ver qué cosa hacía Jesús en medio de ellos. Era sábado y Jesús, como todos sus paisanos, va a la sinagoga. Le llega el turno de leer. En sus manos tiene el pergamino del libro del profeta Isaías donde se habla de lo que hará el Mesías, el enviado de Dios: traer la bella noticia a los pobres, la liberación a los prisioneros, el don de la vista a los ciegos, el consuelo a los oprimidos. Todas las condiciones están dadas para que los habitantes de Nazaret puedan ver qué hará su coterráneo. Hemos escuchado las palabras de Lucas: “Todos tenían los ojos fijos en él”. Hay un silencio increíble en la sinagoga. Claro está, también María su madre estaba presente, atenta a ver lo que aquel hijo tan extraordinario y también tan lleno de misterio para ella, diría allí mismo, ante todo el pueblo. Inmediatamente, todos se dan cuenta de la diferencia entre su rabino y Jesús: aquel explica e interpreta la ley y los profetas, mientras que Jesús, por el contrario, proclama un hecho: hoy esta Escritura del profeta se ha cumplido en mí.

Es ese “hoy” el que causa sensación y empieza a sorprender a todos los presentes. Jesús está diciendo que las promesas de Dios en ese instante se están cumpliendo en él. A la promesa futura la sustituye el hecho. Jesús sostiene ser el Mesías; no un rabino como muchos otros, ni siquiera un profeta, sino el cumplimiento de la promesa de Dios. Cuando el hombre es puesto ante una verdad así de grande, no es posible permanecer neutrales. Es necesario hacer una elección grande y definitiva. ¿Es posible que Dios pueda hacerse uno de nosotros? ¡Un hombre en medio de nosotros dice que es Dios y pide que creamos en él! Para los habitantes de Nazaret es demasiado. La incredulidad crece, así como la antipatía y la molestia hacia este joven que han visto crecer en medio de ellos. “¿No es éste el hijo de José?”, “Su madre María y sus parientes viven todos entre nosotros”, “¿No es el carpintero que hemos visto trabajando en el taller de José?”. Todos están sorprendidos, aturdidos, incrédulos. Jesús es percibido por ellos como un hombre que ciertamente habla bien… pero que sea el Mesías es demasiado. “Lo echaron de la ciudad y lo llevaron a la cima de la montaña para despeñarlo.”

La condición del hombre contemporáneo no es diferente, en muchas ocasiones, de la de los habitantes de Nazaret. Muchas personas vienen a admirar a Jesús, aprecian su palabra, pero no logran dar el salto a creer en él como Hijo de Dios. El hombre está siempre tentado a ser él Dios y a establecer desde sí mismo qué cosa sea el bien y el mal; no acepta una autoridad superior a la suya, y se niega a prestar obediencia y a dedicar su vida a un Dios que no ve o que se esconde en la debilidad. Y sin embargo, el secreto de la fe está precisamente en este desafío que tenemos ante nosotros. Dios se ha hecho hombre para que, a través de él, el hombre pudiera vivir la misma vida de Dios. No tenemos un Dios que no conozca nuestra humanidad: como nosotros también ha conocido momentos de alegría y de dolor; las lágrimas por la pérdida de un amigo y el dolor a causa del sufrimiento; la incomprensión y la soledad; la traición y la muerte…. no tenemos excusa para no creer. Solo necesitamos de hombres que todavía hoy nos hablen de Dios, de cómo lo han encontrado y de cómo él ha cambiado sus vidas.

Es por esto que debemos volver a tomar en nuestras manos la primera lectura del profeta Jeremías. Un hombre que sufrió mucho por su vocación, tanto que llegó a maldecir el día en que nació. Sus contemporáneos lo obstaculizaron en todas las formas posibles; no quisieron escucharlo, y mucho menos creer en su palabra. Prefirieron seguir viviendo al estilo pagano y no pudieron aceptar que les predicara la necesidad de cambiar de vida, de convertirse, de volver a creer. En su predicación encontramos una expresión que es como un estribillo: “¿Por qué os habéis alejado del Señor?” La situación es dramática; el profeta percibe toda la violencia de la oposición de los hombres contra Dios, y tiene miedo. Cuánto miedo hay también en nosotros hoy, que nos da temor anunciar el Evangelio, porque sabemos que seremos juzgados por nuestra coherencia de vida como cristianos. Sin embargo, sabemos que no hay alternativa: nuestra vocación es la de ser evangelizadores. El requerimiento de Dios, sin embargo, es irrevocable, y lo hemos escuchado: “No les tengas miedo”. No tener miedo de nada ni de nadie: del rey, de sus funcionarios, de los sacerdotes y de la gente común… Dios te fortalece con su presencia: “Yo estoy contigo”.

Necesitamos urgentemente redescubrir la enseñanza del apóstol Pablo que escuchamos en la segunda lectura: el himno al amor. Cuántos sentimientos y cuánta fuerza nos dan estas palabras; sin embargo, cada vez más nos damos cuenta de la distancia entre nuestra vida y el amor que aspiramos poner por obra. El corazón de nuestra fe está todo en estas palabras que expresan la síntesis de la entera predicación de Jesús, e indican el “camino más excelente” que debemos seguir: podemos ser poderosos y fuertes, ricos y bonitos, afortunados y exitosos, si no tengo amor “nada soy”, si “no tengo caridad, nada me beneficia”. El amor en el que creemos, y que Dios ha manifestado primero hacia nosotros, no vive de la injusticia ni de la envidia; no falta al respeto, no impone su propia idea o busca el propio interés. El amor cristiano busca la verdad, perdona, cree, espera y comparte.

Qué gran programa de vida nos ofrece hoy la Palabra de Dios. Si nos sentimos pequeños y débiles ante semejante objetivo, sintamos que necesitamos la gracia de Dios, la vida del Espíritu, que transforma todo y hace posibles las cosas imposibles. Dejémonos tocar por la fuerza del amor de Cristo. Permitamos que nuestro corazón y nuestra mente sean modelados por la ternura de la misericordia, sólo así podremos ser capaces de un anuncio que toque el corazón y la mente de aquellos que encontraremos para abrirlos a la verdad de la fe. Encomendémonos, pues, a la Madre de Jesús. Mantengamos también nuestra mirada fija en ella y aprendamos de ella a escuchar y a tener confianza.

Santuario de Nuestra Señora del Rocío, 3 de febrero de 2019.

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