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Orígenes


El lugar que hoy conocemos como El Rocío, da nombre no sólo a la Virgen, sino a una aldea y a un territorio concreto que no siempre se llamó así. Ni su configuración paisajística, ni su demarcación y dependencias administrativas fueron siempre las mismas.

La zona donde hoy se erige el Santuario de Nuestra Señora del Rocío, estuvo poblada en otras épocas; yacimientos y restos arqueológicos, así lo demuestran: paleolítico, Tartessos, romanos, visigodos y árabes.

Alfonso X “El Sabio” conquista estas tierras a los árabes, cuya jurisdicción pertenecía al reino taifa de Niebla.

El Rocío, cuya historia se encuentra hoy documentada en sus aspectos más importantes, ha estado envuelta en una leyenda que viene recogida en las Reglas de la Hermandad Matriz de 1758 y que comienza diciendo así:

Entrado el siglo XV de la encarnación del Verbo Eterno, un hombre que, o apacentaba ganado o iba de caza, hallándose en el término de la villa de Almonte…

Hoy la historia sitúa los orígenes del Rocío dos siglos antes y todo indica que fue el mariano monarca Alfonso X “El Sabio” (1252-1284) quien pudiera haber erigido aquella primera Ermita, tras su conquista en 1262, mandando colocar allí la imagen de la Virgen.

Toda esta tierra señorial, donde se enclava la Ermita, estaba atravesada por caminos muy transitados que se cruzan a escasos metros de esta, convirtiéndola en lugar de encrucijada que será vital para que se propague con facilidad la devoción a la Blanca Paloma.

En 1262, Alfonso X “El Sabio” conquista Niebla y con ella toda su jurisdicción, a la cual pertenecía Almonte con su actual y vasto término municipal.

En 1335, se reúnen autoridades de las ciudades de Sevilla y Niebla para tratar asuntos concernientes a la división de los términos entre ambas jurisdicciones en un lugar denominado Bodegón de Freyle o Fraile que “está en buen uso… cabo de una Iglesia que dicen Sancta María de las Rocinas”.

Este bodegón, especie de venta se encontraba frente a la Ermita en el lugar que hoy conocemos como la Canaliega.

Hacia 1340 se escribe el “Libro de la Montería” tratado de caza escrito por Alfonso XI en el cual se cita también la ermita de Ntra. Sra. de las Rocinas cuando dice: “…e señaladamente son los mejores sotos de correr cabo de una iglesia que dicen Santa María de las Rocinas et cabo de otra iglesia que dicen Santa Olalle

Siguiendo la cronología, otro documento fechado en 1349, nos relata el humilde legado de una vecina de Niebla llamada Urraca Fernández dejando dos maravedíes a la “obra de Santa María de las Rocinas”.

Más adelante, concretamente un 25 de febrero de 1400, se reúnen en la propia Ermita de Santa María de las Rocinas autoridades de Sevilla y Niebla para firmar un acta de fijación de mojonera entre los términos de las villas de Almonte, Villalba, Manzanilla e Hinojos.

En 1582, el Concejo de Almonte adquiere las tierras denominadas Madre de las Marismas, junto a la ermita, con todo lo que hoy es ruedo de la aldea, quedando esta zona no sólo ya término de Almonte, sino propiedad de su municipio, quien sigue siéndolo en la actualidad.

De todos estos datos deducimos casi con toda seguridad que la Ermita fuera levantada por Alfonso X “El Sabio entre 1285 – 1300 como era costumbre del Rey Sabio, en los lugares recién conquistados.

Que a lo largo de todo el siglo XIV permanece levantada y dedicada a Ntra. Sra. de las Rocinas, según comprobamos en los documentos expuestos.

Que el sitio donde se ubica era un lugar de encrucijada de caminos, de paso obligado y lugar frecuentado por pastores y ganaderos de Almonte, villa esta, distante quince kilómetros y en cuyo término se enclava.

Con el tiempo el escenario de la devoción se irá agrandando a lo largo y ancho no sólo del territorio andaluz, sino de otros muchos puntos de la geografía nacional.

La historia del Rocío se va a dar de frente con lo que es, sin duda, el germen de la devoción rociera: la belleza serena y peregrina de una Imagen que transmite algo y que fue precisamente colocada allí, con tal acierto que la semilla una vez más cayó en tierra abonada cuyos frutos hoy se ponen de manifiesto.

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